¿Para qué planificamos? (parte 1)

 

Hola gente!

En la clase de ayer miércoles intentamos resumir los puntos centrales tratados con anterioridad respecto a los conceptos de Política Social, Estado y Sociedad Civil. Analizamos también, brevemente y de forma introductoria, los tres tipos de política social que veremos en la materia: focalización, universalismo y políticas de transferencia de ingreso; destacando que sobre estos puntos volveremos con más profundidad más adelante. Hecho este resumen, comenzamos con los temas de la clase, en la cual intentamos responder a las siguientes preguntas: ¿para qué estudiamos trabajo social?, ¿para qué planificamos? ¿qué nos motiva a hacer lo que hacemos? ¿cuáles son los elementos centrales y básicos de una intervención planificada?, entre otras.

En el intento de responder estas preguntas, destacamos que no había una única forma de hacerlo, y explicamos que diferentes tipos de políticas implican diferentes tipos de intervención y, en consecuencia, suponen diferentes enfoques de planificación. Mencionamos, al pasar, los distintos enfoques de planificación que veremos a lo largo de las próximas clases, así como algunos términos clave que nos acompañarán el resto de la materia y a lo largo de nuestras intervenciones profesionales.

Intentamos responder a partir de ejemplos cotidianos a la pregunta ¿para qué planificamos?, abordando las múltiples respuestas y nuevas preguntas que fueron surgiendo. El tema giró en torno a lo que implica una intervención que se jacte de planificada.

Con frases como “No podemos saber dónde vamos, si no sabemos dónde hemos estado” (Proverbio Chino) o  “No es suficiente con imaginar el futuro, tenemos también que construirlo”   (C.K Prajalad), resaltamos la importancia de la planificación en toda intervención social. Como esquema general para ‘entrarle’ al tema, trabajamos sobre los elementos clave que supone una intervención planificada, reflejados en las siguientes imágenes…

Una intervención Planificada

Una intervención Planificada

Esta imagen ilustra la importancia de entender que toda intervención supone un proceso multi-actoral de cambio y transformación, basado en un profundo conocimiento de la situación inicial (que se desea cambiar) y un claro consenso sobre la situación final (que se desea alcanzar); proceso que implica el desarrollo de un conjunto de actividades lógicamente vinculadas y articuladas entre sí en un espacio y tiempo determinado.

Así, empezamos a plantear algunos de los elementos clave que una intervención planificada necesariamente debe tener. Hablamos de los conceptos ‘insumos’, ‘actividades’, ‘productos’, ‘resultados’ e ‘impactos’. Explicamos cómo cada uno de estos elementos está relacionado a determinados niveles de cambio. Dichos cambios los identificamos como de 1º nivel; 2º nivel, y 3º nivel.

Comprender la importancia y la especificidad de cada uno de los niveles de cambio de una intervención es central. Más allá del nombre, resulta clave identificar a qué refiere cada tipo de cambio y la relación que entre ellos existe en un lenguaje lógico de planificación. Si bien en algunas intervenciones los niveles de cambio se desagregan en cuatro y más niveles, la mayoría de los programas y proyectos contemplan estos tres: (a) cambios de primer nivel, referidos básicamente a los productos que son logrados directamente por las actividades mediante el uso de determinados insumos/recursos; (b) cambios de segundo nivel, referidos a los resultados, es decir, el logro de los  objetivos específicos de nuestro programa o proyecto; y (c) cambios de tercer nivel,  referidos al impacto, es decir, al alcance de los objetivos globales/finales de la intervención, o -dicho de otra manera- aquellos logros para los cuales nuestro proyecto o programa contribuye pero no es enteramente responsable.

Las intervenciones no se dan en el vacío sino que están situadas en un tiempo y espacio determinado, lo que las hace singulares y particulares. Al mismo tiempo, una intervención planificada supone un proceso, con diferentes tiempos, de corto, mediano y largo plazo, donde podemos situar cada uno de los elementos descritos y sus niveles de cambios, tal y como muestra la siguiente imagen.

 

Para comprender la relación y coherencia lógica entre los tres niveles de cambio destacamos la importancia de usar dos preguntas claves, a saber: ¿para qué? y ¿a través de qué? Si revisamos una planificación a partir del primer nivel de cambio, y -en consecuencia- pensamos actividades que se valen de insumos/recursos para lograr productos, la pregunta que nos ayudará a pensar es el ‘¿para qué?’ de estas actividades, y su respuesta nos ayudará a saber si las mismas apuntan o no al objetivo específico. De igual modo, con la misma pregunta, pero ahora sobre el objetivo específico o cambio de segundo nivel, podremos revisar si el logro de ellos contribuye o no al impacto o cambio general deseado (3º nivel de cambio). Si, por el contrario, revisamos la planificación partiendo de los niveles de cambio general, es decir el impacto deseado, entonces la pregunta que nos ayudará a construir una intervención lógica será ‘a través de qué’ resultados es posible contribuir a ese impacto. De igual modo, podemos relacionar los resultados (objetivos específicos) con los productos, preguntando a través de qué productos sería posible lograr el resultado deseado o el objetivo específico del proyecto.

Para ejemplificar esto, aprovechamos la experiencia impulsada por la Agencia para la Acción Social y la Cooperación Internacional de Colombia, en una de sus iniciativas para superar la pobreza extrema. Volvimos a analizar el caso presentado en la clase anterior referido al proyecto Red de Seguridad Alimentaria (ReSA), cuyo propósito fue el de impulsar proyectos de generación de alimentos para el autoconsumo de la población radicada en asentamientos marginales de los centros urbanos. El proyecto focalizó sobre la población más vulnerable de estos centros urbanos, donde se concentra la población más pobre del país. El documental caracteriza el desarrollo de este proyecto, donde todo el grupo familiar participa de manera activa en la dinámica productiva, fortaleciendo sus destrezas y articulando diferentes grupos familiares para contribuir al desarrollo de la comunidad. Una experiencia interesante para aprender de esta particular iniciativa para enfrentar la pobreza urbana.

Como se muestra en la gráfica de abajo, pudimos identificar de la experiencia analizada los diferentes niveles de cambio y su relación. Esto, que inicialmente suena complejo y difícil, resulta más sencillo cuando diferenciamos los niveles de cambio teniendo en cuenta lo siguiente. Los cambios de primer nivel, son los generados directamente por las actividades, lo que podríamos denominar productos (semillas entregadas, capacitación realizada, asesoramiento técnico brindado, huertas realizadas, conservas elaboradas, mejor organización comunitaria, etc.). Los cambios de segundo nivel son aquellos que son responsabilidad del proyecto, aquellos objetivos que son la razón de ser el mismo, los que responden al problema central que da sentido a la intervención. En este ejemplo, lograr un mejor nivel nutricional, ahorrar dinero a partir de una mayor autoproducción de alimentos y reducir el estrés o lograr una ocupación en personas adulto-mayores.  Finalmente, el tercer nivel de cambio refiere a aquellos cambios a los que la intervención contribuye pero no es enteramente responsable de lograr, es decir, los cambios a largo plazo, objetivos generales del proyecto o programa. Dicho de otra manera, son los efectos que los resultados de la intervención (cambios de segundo nivel) tienen en la zona y las familias en el largo plazo comparando la situación ‘sin’ intervención con la situación ‘con’ intervención. En el ejemplo, identificamos mejor calidad de vida y organización social, mayor sostenibilidad y autodependencia de las familias que participaron de la experiencia.

niveles de cambio ejemplo seguridad alimentaria

Esta clase comenzó preguntando el porqué de nuestra vocación de Trabajadores Sociales, y el para qué de este tipo de intervención en lo social. La mayoría de las respuestas iniciales hacían referencia a ‘ayudar’, ‘asesorar’, ‘informar’, ‘educar’, ‘concientizar’, etc, es decir actividades o acciones, pero no los resultados de las mismas. Inicialmente costó identificar el ‘por qué’ (justificación) y el ‘para qué’ (fundamentación) de estas actividades. De a poco fue surgiendo en la reflexión colectiva la importancia de visualizar los niveles de cambio, los diferentes tipos de efectos a corto, mediano y largo plazo que nuestra intervención puede tener. Comenzamos entonces a hablar de ‘lograr mayor equidad’, ‘distribuir riqueza’, ‘lograr sujetos de derecho’, ‘empoderar a las comunidades’, y ‘satisfacer necesidades básicas’ (educación, vivienda, trabajo), etc.

Este tema, y estas dificultades de identificar no sólo lo que hacemos sino el resultado que queremos lograr, dificultades que son recurrentes en el campo de las políticas y programas sociales, se ilustra de manera precisa en la experiencia de la Agencia de Cooperación Alemana Misereor, una de las agencias que mayor cantidad de programas y proyectos sociales desarrollo en África, Asia y América Latina. El video que compartimos acá desarrolla lo que entiende MISEREOR por ‘efectos’ en el trabajo de cooperación al desarrollo y cómo se pueden analizar los mismos. Tomando como base ejemplos concretos del trabajo en proyectos, la película ofrece explicaciones al respecto.

Sugerimos analicen, para la próxima clase, este video documental, identificando ejemplos donde claramente se evidencia esta relación entre actividades que se valen de insumos para lograr productos, los que a su vez contribuyen a un efecto o resultado, y -en el largo plazo- con un cambio de mayor nivel u objetivos generales. En la próxima clase reflexionaremos acerca de aquellos elementos identificados en el video, las dudas que nos generó y nos adentraremos en los tipos de planificación más usados, así como sus ventajas y desventajas.

Saludos…!

El equipo cátedra.

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